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  • Rita

Zona de confort

Updated: May 5



Puedo hablar mucho acerca de la zona de confort. Estuve ahí gran parte de mi vida.

Hasta ahora.

Aún ahora, moverme hacia el disconfort me cuesta bastante. El cambio, para mí, no termina de darse de manera natural. Aún no fluyo con la vida del todo.


¿Por qué me parece importante hablar de la zona de confort?


Porque estar ahí, representa solo una cosa: muerte.

Suena dramático, trágico, exagerado. Pero déjame explicarte desde mi experiencia por qué lo creo así.


Yo nací siendo. Nací siendo inteligente, nací siendo bonita, nací siendo delgada, nací no siendo pobre, nací siendo amada, nací siendo cuidada.


Nací siendo muchas cosas a los ojos de los demás, por herencia. En los primeros años de mi vida solo hice lo esperado: demostré que era todo eso que se esperaba de mí. Y lo hice con bastante éxito. Así, hasta donde el impulso y el nombre me duraron.

Después de eso, instalada en la comodidad, ya que estaba acostumbrada a hacer solo lo necesario, me dediqué a mantener ese estatus. Hacía lo mínimo para mantener "el nombre", la fachada. Pero como es de esperarse, me duró realmente poco.

Mis circunstancias cambiaron abruptamente y, acostumbrada como estaba al esfuerzo mínimo y a la comodidad, y con una tolerancia a la frustración de cero, lo que comenzó a suceder fue que el mundo empezó a ir más rápido que yo, y yo era incapaz de seguirle el paso. Y eso mermaba la persona que era.

Y era realmente joven, pero mi seguridad, autoestima e imagen estaban fuertemente cimentadas en la persona que se supone que debía ser. Y todo lo que pasaba a mi alrededor comenzó a disminuirme.


Era incapaz de la resiliencia. No sabía lo que era enfrentar la adversidad y mucho menos superarla.

Yo simplemente me perdía cada vez más y solo podía suplicar que la cosa parara. Que el mundo parara.


Pero el mundo no espera, los años no esperan, la vida no espera.


Comenzaron a pasar tantas cosas en mi vida, que no se supone que pasarían así. Y yo solo era una persona insegura, frágil. Y sentía que solo perdía.

No podía ganar en nada. Mis "esfuerzos" eran inútiles. Solo perdía. Con cada día, con cada evento, con cada cambio, yo perdía. Yo me desvanecía.


Así me sentía.


Perdía y perdía valor, y me aferraba con tanto ahínco a las cosas en las que yo sentía que significaba algo, pero que no me daban nada de regreso.

Me sentía perdida. Estaba perdida.


Fue un momento muy oscuro de mi vida. Estaba inmersa en una espiral de negatividad. Y perdí toda noción de las cosas. No entendía nada. Y mientras menos entendía, más me aferraba a los fantasmas de lo que había sido. Y más me cerraba ante nuevas ideas, ante nuevas maneras de hacer las cosas.

Yo no dejé de ser realmente, solo que ante los nuevos acontecimientos, a nadie le importaba aquello. Me habían cambiado el juego y yo no me había dado cuenta. Mis fichas no valían nada en este nuevo tablero. Todos los demás iban avanzando, y yo parecía entre ellos un fantasma. Sin voz. Sin voto. Una hoja mecida por el viento, yendo a cualquier lugar, tratando de vivir de los logros pasados. Los demás pasaban a través de mí.


Hasta que los eventos se pusieron tan mal, que el desenlace de muchas historias se volvieron tragedia.


Algo en mí se rompió. Pero no se rompió de manera negativa. Yo dejé de ser yo. Al fin pude sacudirme las ataduras. Ya nada importaba. Las apariencias no importaban, quien había sido no importaba, las expectativas no eran importantes. Dejé el cadáver que venía arrastrando, lo solté y comencé a reconstruirme.

No es algo que haya terminado, ya que ahora sé que jamás terminaré de construirme, jamás terminaré de transformarme y jamás volveré a ser alguien.

Nada es más aplastante como es el meterse en un molde. Nada es más limitante como las definiciones.


No quiero pasar por alto el hecho de que nada de esta transformación la hice en soledad. En principio, una voz que siempre estuvo a mi lado, y que tuvo todas las razones para irse, continuó a mi lado, hablándome de todo lo bueno que hay allá afuera, lejos de los moldes y las etiquetas. Mi pareja, mi compañero, mi faro en medio de la tempestad. Alguien fuera de mí que reconociendo todo lo "perfecta" que era en mi mundo, se atrevió a retarme, a hablarme de otros mundos.

Solo una persona con una mirada diferente podía ayudarme a ver lo que había fallado en ver, ya sea por costumbre, por miedo, por indiferencia, por comodidad.

Y él no hizo nada por mí, pero tuvo la paciencia de intercambiar conmigo ideas, de compartirme su realidad.


Aunque les diré una cosa: todo sucedió hasta que yo hice un cambio interior. Ese cambio fue que me abrí al mundo. Solté mi ego, solté todo lo que era y comencé a escuchar, a aprender y sobre todo a experimentar.

Cuando tiré ese cadáver que cargaba, comencé a afrontar muchas cosas. Las cosas no se pusieron mejor de inmediato, pero ya no era un fantasma, y tampoco era una hoja al viento. Mis decisiones ya pesaban, mi presencia era determinante.

Y así entré al juego de la vida. La vida que es cambio constante.


Todos tenemos una fuerte tendencia a la zona de confort, ese espacio donde nos sentimos cómodos, donde no necesitamos esforzarnos, donde no necesitamos invertir nada, donde nada se nos exige. Pero necesitas saber ya que eso es una ilusión, porque mientras crees que no pasa nada, muchas cosas están sucediendo. Mientras piensas que las cosas están bien, hay algo que necesita ser atendido. Mientras te mantienes en lo mínimo, algo está gritando por tu atención.

Nada está inmóvil. Ni dentro ni fuera de nosotros. Y mientras más energía y recursos inviertas en mantenerte en confort, menos espacio para crecer tendrás. Menos espacio para la novedad tendrás. Menos oportunidad para lo nuevo habrá. Y más cerca estarás de la muerte.

¿Sigues pensando que estoy exagerando?

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